El embrujo de Granada

Hace unos días estuve en Granada y como siempre que he estado allí me envolvió en su embrujo. De las ciudades que conozco no hay ninguna que tenga ese aroma, esa magia que inunda cada rincón de sus callejuelas estrechas y melancólicas.
En el momento en el que entras en las callejuelas del Albaicín te recorre una sensación de desasosiego que penetra en tu piel como un escalofrío cuando va recorriendo todo tu cuerpo. A la vez que te asusta por sus callejones estrechos en los que no sabes qué te puedes encontrar a la vuelta de la esquina te atrae como lo desconocido a un niño pequeño. Sientes una necesidad de meterte en ese laberinto blanco y lleno de luz, con macetas que colorean las paredes, como un cuadro recién comenzado por el pintor, que sólo tiene los primeros brochazos de color.

Caminas, caminas y caminas hacia arriba sin parar, sin saber muy bien a donde te llevan tus pasos y de repente, casi de puro milagro te encuentras con la Cuesta de las Cabras y una alegría inunda tu cuerpo al saber que en cuanto subas esas escaleras encontrarás el Mirador de San Nicolás y en su balcón podrás encontrarte con la Alhambra.

La Alhambra desde el  Mirador de San Nicolas
¡Que vistas más espeluznantes! En ese momento te dan ganas de gritar: ¡Estoy viendo el paraíso! y aunque no lo haces, miras las caras de los demás que están viendo lo mismo que tú y observas el brillo de sus ojos, la sonrisa en su cara, las ganas de fotografiar ese momento, para llevártelo para siempre a casa y así disfrutar por un instante, al mirar la foto, de todas las sensaciones que te embriagan cuando miras la Alhambra.

Por inercia te sientas en su balcón, las piernas te tiemblan de tanta emoción. No puedes parar de mirar hacia la Alhambra, has sido embrujado por su visión. De repente empieza a sonar una canción. Unas personas que hay a tu lado están tocando una guitarra flamenca que acompaña la estampa como si fuera un concierto improvisado en medio de la calle.

Mientras charlas con los lugareños y disfrutas de un descanso merecido se va la tarde y empieza a anochecer. Conforme se va poniendo el sol los colores que bañan la estampa van cambiando y aumentan cada vez más la belleza de la Alhambra.

Las luces encendidas de Granada te demuestran lo grande y urbana que es la ciudad, que aunque parece en ciertas zonas un barrio de Marraquech, a la noche te parece estar frente al paisaje brillante de una Navidad en cualquier ciudad cosmopolita.
La imagen de la Alhambra se vuelve aún más mágica y romántica.

Todo aquel que no haya visto estas imágenes y quiera visitar Granada, sin lugar a dudas, quedará embrujado como todos los que hemos estado y no tendrá más remedio que volver, para experimentar todo aquello que nosotros tratamos de explicar con palabras, pero que sólo sintiéndolo se puede experimentar.


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